Poliomielitis y depresión

Poliomielitis y depresión

Depresión en las personas afectadas por la polio

La depresión es un trastorno del estado de ánimo, que puede ser transitorio o permanente, varía en su forma, síntomas y severidad, se  caracteriza por sentimientos de abatimiento, infelicidad y culpabilidad, también puede producir en quien la padece una incapacidad total o parcial para disfrutar de las cosas cotidianas de la vida. Los desórdenes depresivos pueden estar acompañados de ansiedad en un mayor o menor grado. La depresión puede constituir una de las fases del trastorno bipolar. La depresión bipolar se manifiesta a través de características, tanto maniacas, como depresivas.

Depresión y polio

Depresión y polio

Estos síntomas pueden perjudicar la salud, la carrera, las relaciones y la estabilidad financiera de la persona e incluso puede repercutir negativamente en la vida de los seres amados.

Reconocer la depresión y tratarlo de forma efectiva es un asunto crítico, pues los síntomas, tales como la fatiga y los trastornos del sueño pueden exacerbar los síntomas de los efectos tardíos de la polio. Resultados de estudios prueban que la depresión es tratable (Gilbert, 1992), con las más importantes mejorías a partir de la combinación de psicoterapia y terapia farmacológica (Hales & Hales, 1995). Un estudio reveló que ninguno de los sobrevivientes de la polio que clínicamente cumplieron con los criterios para el diagnóstico de trastornos de depresión estaban en terapia o tomando medicamentos antidepresivos (Kemp et al., 1997).

Históricamente, los sobrevivientes de la polio son reconocidos por sus logros y capacidades para adaptarse a sus discapacidades. Individuos que valoran ser percibidos como fuertes deben entender que la depresión no es un defecto de carácter y que buscar ayuda profesional requiere coraje y fuerza interior. Individuos que niegan sentirse deprimidos, pueden revelar la prevalencia de síntomas cuando cuentan historias o responden preguntas abiertas. Por ejemplo, patrones de exceso en el comer, beber, dormir o trabajar, son maneras de sublimar ese tipo de sentimientos –irritabilidad, aislamiento, ansiedad o incluso excitación– y pueden enmascarar algún nivel de depresión.

Cuando los síntomas depresivos existen, es necesario un examen a profundidad, realizado por un profesional de la salud, para identificar las causas subyacentes. Entre estos profesionales de la salud mental, que varían en sus enfoques, se incluyen psiquiatras, psicólogos, trabajadores sociales, profesionales de la asistencia a los empleados y otros consultores. En la búsqueda de un profesional idóneo, son importantes a considerar factores tales como su experiencia con las condiciones, la personalidad y el estilo de aprendizaje y la discapacidad de las personas, así como temas relacionados con la accesibilidad, la asequibilidad y las recomendaciones de otras personas.

Las opciones de tratamiento que han demostrado ser valiosas incluyen la terapia individual y grupal, que utilizan enfoques sin prejuicios; medicamentos no adictivos como los antidepresivos; terapias de resolución de traumas, y las diversos tipos de intervención. Recursos complementarios van desde grupos de apoyo hasta talleres, libros de autoayuda y terapias alternativas (Bieniek & Marshall, 1997). Cualquier enfoque que pretenda obtener resultados absolutos necesita ser tomado con mucha cautela.

Cuando una persona experimenta cuatro o más de los siguientes síntomas durante más de dos semanas, es conveniente que consulte con un profesional de salud mental (National Institute of Mental Health, 1992).

  • Persistente tristeza, sentimiento de “vacío” o ansiedad
  • Pérdida de interés o placer en actividades ordinarias, incluyendo el sexo
  • Disminución de energía, fatiga, o decaimiento
  • Trastornos del sueño (insomnio, despertar temprano por la mañana o dormir demasiado)
  • Trastornos en la alimentación (pérdida de apetito y de peso, o aumento de peso)
  • Dificultad para concentrarse, recordar o tomar decisiones
  • Sentimientos de desesperanza o pesimismo
  • Sentimientos de culpa, inutilidad o impotencia
  • Pensamientos de muerte o suicidio, intentos de suicidio
  • Irritabilidad
  • Llanto excesivo
  • Achaques y dolores crónicos que no responden al tratamiento

Fuente: postpoliomexico.org


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